JUAN TRAVNIK

De la carne a la piedra
Hay cosas que, dichas en tres palabras, tienen tres palabras de más y en tres mil palabras, tres mil palabras de menos, y esta es una de ellas.
William Faulkner.


Claromecó, 2006 #1. - Copia-c -120x60cm


Citibank. Buenos Aires, 2005. - Copia-c - 120 x 60 cm


Claromecó, 2006 #4. - Copia-c - 120 x 60 cm


Claromecó, 2005 #2. - Copia-c - 120 x 60 cm


HSBC. Buenos Aires, 2005. - Copia-c - 120 x 60 cm


Claromecó, 2006 #7 - Copia-c - 120x60cm

Si el paisaje es el producto de una mirada, Juan Travnik (Buenos Aires, 1950) ha edificado con el tiempo una topografía personal fruto de su contemplación. Sus paisajes revelan una apreciación del mundo así como también su concepción de la fotografía.
Como toda gran obra, las imágenes de Travnik se caracterizan por la coherencia de sus leyes internas. Sus fotografías, ceñidas a esta regla, forman parte de un continuo iniciado con el blanco y negro de formato medio para luego arribar, de manera natural, a las actuales panorámicas color.
Fotografías del barrio, del centro, de la playa y del campo. O, al revés, como si se caminara de espaldas: el campo, la playa, el centro y el barrio. Todas ellas traducidas al idioma del autor, quien edifica un idioma dentro del idioma, un territorio dentro del territorio. Espacios circunscriptos, marcados, que dan cuenta no tanto de una serie de valores más o menos objetivos del mundo, sino de una serie de convicciones personales. En este camino se indaga la forma, se la pule, se la inscribe en la sensible superficie de plata. Esta búsqueda no quiere decir abstracción ni ausencia de contenido, sino finteos de procedimientos estéticos, con la suficiente carga de experiencia y ambigüedad, que producen en quien ve una desolada ribera de consternación.
La mirada debe acostumbrarse a lo que no existía, de ahí la desorientación casi ritual que producen como obra de arte.
Fieles a una visión personal, las fotografías de Travnik son identificables por la concisión de los detalles, las texturas, los efímeros matices de luz; repertorio de elementos dispuestos que ponen a prueba nuestras aptitudes hápticas. Y, aunque las fotografías no jueguen su prestigio en las apariencias, lo que decide, a fin de cuentas, es la relación del fotógrafo con su técnica para consumar el acto fotográfico. A Travnik lo mueve el deseo de conocer cada vez más sus instrumentos de trabajo para poder utilizarlos con mayor eficacia, en favor de un programa mayor del que toda su obra es una serie de variaciones: el dolor histórico, las identidades, el desencanto poético del cambiante mundo y la atribulada belleza de los objetos abandonados como condiciones del mundo en el que habitamos.
Contrastado con los fenómenos de una instantánea, con cámara de placa y demoradas exposiciones a la hora de la toma, graba en las fotografías un tiempo original, un tiempo de recogimiento que abre paso a una sugestiva intimidad.
Desamuebladas las ciudades, transfiguradas las esquinas, las vidrieras, las fachadas, los campos, propician la ilusión aurática sin ningún artificio. Extraña y saludable situación para la fotografía, que le reserva al rostro humano como único refugio, esa irrepetible aparición de una lejanía, esa trama muy particular de espacio y tiempo. El sentido es Benjaminiano, se entiende.
De los planos abiertos a los detalles acotados, Travnik ha sabido delimitar su programa estético, su territorio siempre en expansión.
La poética del acto es la sombra con la que conforma su marca, desde allí desentraña la esencialidad de las cosas. De ahí sus leyes, sus propias leyes, ajenas a las modas.
Este riguroso programa es logrado por unos pocos artistas y exige rigor, trabajo, inteligencia y talento.
Como territorio delimitado, como estado dentro del estado, la comarca de Travnik, es del mismo orden que en literatura, el Yoknapatawpha de Faulkner y que los otros, paradójicos: de norte a sur: Comala, Santa Maria y Gral. Belgrano en los márgenes del Salado.
Territorios habitados y habitables, reales en sí mismos, que perfilan su relieve a la luz de una serie de valores originales. Y que a fin de cuentas determinan una cierta y particular relación con lo visible.

Julio Fuks, Septiembre de 2006



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