
Claromecó, 2006 #1. - Copia-c
-120x60cm

Citibank. Buenos Aires, 2005. - Copia-c - 120 x 60 cm

Claromecó, 2006 #4. - Copia-c - 120 x 60 cm

Claromecó, 2005 #2. - Copia-c - 120 x 60 cm

HSBC. Buenos Aires, 2005. - Copia-c - 120 x 60 cm

Claromecó, 2006 #7 - Copia-c
- 120x60cm
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Si el paisaje
es el producto de una mirada, Juan Travnik (Buenos Aires,
1950) ha edificado con el tiempo una topografía personal
fruto de su contemplación. Sus paisajes revelan una
apreciación del mundo así como también
su concepción de la fotografía.
Como toda gran obra, las imágenes de Travnik se caracterizan
por la coherencia de sus leyes internas. Sus fotografías,
ceñidas a esta regla, forman parte de un continuo
iniciado con el blanco y negro de formato medio para luego
arribar, de manera natural, a las actuales panorámicas
color.
Fotografías del barrio, del centro, de la playa y
del campo. O, al revés, como si se caminara de espaldas:
el campo, la playa, el centro y el barrio. Todas ellas traducidas
al idioma del autor, quien edifica un idioma dentro del
idioma, un territorio dentro del territorio. Espacios circunscriptos,
marcados, que dan cuenta no tanto de una serie de valores
más o menos objetivos del mundo, sino de una serie
de convicciones personales. En este camino se indaga la
forma, se la pule, se la inscribe en la sensible superficie
de plata. Esta búsqueda no quiere decir abstracción
ni ausencia de contenido, sino finteos de procedimientos
estéticos, con la suficiente carga de experiencia
y ambigüedad, que producen en quien ve una desolada
ribera de consternación.
La mirada debe acostumbrarse a lo que no existía,
de ahí la desorientación casi ritual que producen
como obra de arte.
Fieles a una visión personal, las fotografías
de Travnik son identificables por la concisión de
los detalles, las texturas, los efímeros matices
de luz; repertorio de elementos dispuestos que ponen a prueba
nuestras aptitudes hápticas. Y, aunque las fotografías
no jueguen su prestigio en las apariencias, lo que decide,
a fin de cuentas, es la relación del fotógrafo
con su técnica para consumar el acto fotográfico.
A Travnik lo mueve el deseo de conocer cada vez más
sus instrumentos de trabajo para poder utilizarlos con mayor
eficacia, en favor de un programa mayor del que toda su
obra es una serie de variaciones: el dolor histórico,
las identidades, el desencanto poético del cambiante
mundo y la atribulada belleza de los objetos abandonados
como condiciones del mundo en el que habitamos.
Contrastado con los fenómenos de una instantánea,
con cámara de placa y demoradas exposiciones a la
hora de la toma, graba en las fotografías un tiempo
original, un tiempo de recogimiento que abre paso a una
sugestiva intimidad.
Desamuebladas las ciudades, transfiguradas las esquinas,
las vidrieras, las fachadas, los campos, propician la ilusión
aurática sin ningún artificio. Extraña
y saludable situación para la fotografía,
que le reserva al rostro humano como único refugio,
esa irrepetible aparición de una lejanía,
esa trama muy particular de espacio y tiempo. El sentido
es Benjaminiano, se entiende.
De los planos abiertos a los detalles acotados, Travnik
ha sabido delimitar su programa estético, su territorio
siempre en expansión.
La poética del acto es la sombra con la que conforma
su marca, desde allí desentraña la esencialidad
de las cosas. De ahí sus leyes, sus propias leyes,
ajenas a las modas.
Este riguroso programa es logrado por unos pocos artistas
y exige rigor, trabajo, inteligencia y talento.
Como territorio delimitado, como estado dentro del estado,
la comarca de Travnik, es del mismo orden que en literatura,
el Yoknapatawpha de Faulkner y que los otros, paradójicos:
de norte a sur: Comala, Santa Maria y Gral. Belgrano en
los márgenes del Salado.
Territorios habitados y habitables, reales en sí
mismos, que perfilan su relieve a la luz de una serie de
valores originales. Y que a fin de cuentas determinan una
cierta y particular relación con lo visible.
Julio Fuks, Septiembre de 2006 |